Hoy se celebra en Catalunya el día de Sant Jordi, una bonita fiesta en la que no se hace fiesta. Acostumbra a celebrarse yendo a pasear por las Ramblas y, sobre todo, comprando rosas y libros.
Según la tradición es el hombre quien regala la rosa y la mujer y quien regala el libro. Así que es una bonita tradición, sí, pero también muy sexista. Habría que intercambiar cada año los roles: El de intelectual y el de sensible pero inculto.
No es fácil escapar del sexismo. Por ejemplo, hace cosa de un mes se celebró el día de la mujer trabajadora, en principio una fiesta para reivindicar la igualdad entre hombres y mujeres, pero el sindicato la conmemoró regalándole rosas a las mujeres de la empresa. ¿Por qué no libros? Digamos que el regalo de una rosa no debe considerarse como algo machista en si misgmo. Digamos que se pretendía reivindicar su feminidad dentro de la igualdad, o algo parecido, pero ahora, lo que ya no cuela es que uno de los encargados de repartir las rosas se dedicara a reclamar un par de besos a las chicas a las que se las entregaba.
En fin, yo, como no tengo novia, mi madre vive lejos y me cansé hace tiempo de hacer el primo regalando rosas a las amigas, no voy a tener tal dilema. Cogeré los tres euros que me costaría la flor y los invertiré en un periódico y una coca-cola que tomaré en la terraza de un bar, donde me quedaré un rato viendo pasar a la gente, sobre todo a las chicas sonrientes con su rosa, que por algo es Sant Jordi.
miércoles, 23 de abril de 2008
jueves, 14 de febrero de 2008
14 de febrero, día de la maqueta.
Antes de cumplir los cuarenta todo hombre soltero debe escoger entre ser un solterón friki o un vividor. Como nunca se me ha dado muy bien lo del ser un vividor, ya saben, lo de ir de fiesta varios días por semana, venga sexo sin compromiso, gorroneo a los padres y pasarme un peine por la cabeza antes de entrar a la discoteca, pues me he decantado por la opción friqui, que consiste en jugar al ordenador, hacer maquetas, quedar con amigos barrigudos y tirarle los tejos a chicas que te hagan un poco de caso. A veces no tengo del todo claro que mi elección haya sido la acertada.
En cualquier caso, tarde o temprano ambos tipos de soltero deberán prepararse para la fase dos de la soltería.
Al vividor ese momento le llega cuando es consciente de que ya solo liga con señoras que se ponen demasiado colorete azul en los ojos y que la música que baila es la que ponían hace 20 años. Probablemente tendrá la cara amarilla por el hígado dañado, la tensión alta y el colesterol por las nubes. Su reacción de escape suele consistir en entablar una relación de amor-negocio con una jovencita centroamericana que le haga sentir como le gustaría ser.
El solteron friki, por otra parte, se dará cuenta de que coleccionar maquetas de tanques es una gilipollez, que hasta sus amigos barrigones se han casado y que las chicas solteras le dan calabazas halándole de usted. Llegado a ese punto, el solterón friki reflexiona y arriba a la conclusión de que su situación de soltero tal vez no sea temporal. Es el momento de comprarse un gato, ponerse el canal satélite y circular por la casa con zapatillas de felpa a cuadros. En la mayoría de los casos suele venir acompañada de una expresión de limon en vinagre permanente y de una actitud critica con los comportamientos y la forma de pensar de los jóvenes de hoy en día.
No obstante, ambas tipologías de soltero, cuando llega el 14 de febrero, dia de San Valentín y por extensión, día de "jodete que estás soltero", suelen quedarse en casa, lángidos y autocompasivos. Es el día en el que, como se les ocurra escribir algo en un blog, sólo les saldrán textos melancólicos u autocompasivos. Pero afortunadamente, despues del 14 llega el 15, sale el sol y vuelven a sentir su calor, un calor de febrero gracias al cambio climático, y piensan en la parte positiva de su situación: Al menos puedo ir a donde quiera sin tener que meter medio catálogo de Prenatal en el maletero. Al menos nadie me pega la bronca si me quedo con el PC hasta las tantas de la madrugada. Al menos nadie me pide analizar la posibilidad de teñirse el pelo en color caoba mientras estoy viendo el partido de futbol. Al menos...
Me ha llegado una nueva maqueta de tanque por correo. Creo que esta noche me pondré a hacerla.
Que pasen un feliz día de los enamorados.
En cualquier caso, tarde o temprano ambos tipos de soltero deberán prepararse para la fase dos de la soltería.
Al vividor ese momento le llega cuando es consciente de que ya solo liga con señoras que se ponen demasiado colorete azul en los ojos y que la música que baila es la que ponían hace 20 años. Probablemente tendrá la cara amarilla por el hígado dañado, la tensión alta y el colesterol por las nubes. Su reacción de escape suele consistir en entablar una relación de amor-negocio con una jovencita centroamericana que le haga sentir como le gustaría ser.
El solteron friki, por otra parte, se dará cuenta de que coleccionar maquetas de tanques es una gilipollez, que hasta sus amigos barrigones se han casado y que las chicas solteras le dan calabazas halándole de usted. Llegado a ese punto, el solterón friki reflexiona y arriba a la conclusión de que su situación de soltero tal vez no sea temporal. Es el momento de comprarse un gato, ponerse el canal satélite y circular por la casa con zapatillas de felpa a cuadros. En la mayoría de los casos suele venir acompañada de una expresión de limon en vinagre permanente y de una actitud critica con los comportamientos y la forma de pensar de los jóvenes de hoy en día.
No obstante, ambas tipologías de soltero, cuando llega el 14 de febrero, dia de San Valentín y por extensión, día de "jodete que estás soltero", suelen quedarse en casa, lángidos y autocompasivos. Es el día en el que, como se les ocurra escribir algo en un blog, sólo les saldrán textos melancólicos u autocompasivos. Pero afortunadamente, despues del 14 llega el 15, sale el sol y vuelven a sentir su calor, un calor de febrero gracias al cambio climático, y piensan en la parte positiva de su situación: Al menos puedo ir a donde quiera sin tener que meter medio catálogo de Prenatal en el maletero. Al menos nadie me pega la bronca si me quedo con el PC hasta las tantas de la madrugada. Al menos nadie me pide analizar la posibilidad de teñirse el pelo en color caoba mientras estoy viendo el partido de futbol. Al menos...
Me ha llegado una nueva maqueta de tanque por correo. Creo que esta noche me pondré a hacerla.
Que pasen un feliz día de los enamorados.
martes, 9 de octubre de 2007
Homo publicicus
Anoche me quedé a ver una película que daban por la tele, es decir, vi alguna que otra secuencia entre los interminables bloques de anuncios. Acabé yéndome a dormir sin saber quien era el asesino, pero sí que aprendí como mantener las encias jovenes o como limpiar la casa con un solo producto y no con cincuenta.
Me hizo pensar en como vería el mundo el señor del mito de la caverna si las sombras que viera siempre fuesen anuncios. Bueno, en realidad pensé "¿Qué opinaría de nosotros un extraterrestre que nos estudiara a partir de los anuncios de televisión captados desde su puesto de observación en el espacio profundo", pero luego me dije que sonaría más culto lo del mito de la caverna, mientras que hablar situaciones hipotéticas que involucran la presencia de extraterrestres queda friki.
En ambos casos, el observador obtendría las siguientes conclusiones respecto a la vida humana:
- Los bebes humanos se comunican por telepatía y su máxima preocupación es la posible presencia de humedad en el interior de los envoltorios blancos que les cubren el culo.
- Cuando los bebés crecen adoptan una forma llamada niño. Han perdido su capacidad telepática y los envoltorios blancos. Ahora viven obsesionados por comer productos ricos en grasas saturadas y su consumo es observado con satisfacción por un adulto hembra. El máximo peligro que afrontan los humanos en esta etapa es ir bajos de defensas por no consumir suficientes yogures y su distracción favorita es impregnarse la ropa de toda clase de sustancias líquidas y pegajosas. Asimismo, es interesante observar que los niños suelen juegar en grupos de tres a cinco individuos de los que, como mucho, solo uno es hembra. Este exceso de individuos varones debe quedar compensado por una alta mortalidad en la adolescencia, debida posiblemente a la falta de yogures que potencien sus defensas.
- La siguiente etapa en la vida del humano es la juventud. En este periodo visten ropas extrañas y se pasan el dia dando saltos, circulando en monopatin o bailando freneticamente. Las hembras están en celo y son propensas a excitarse con facilidad ante cualquier muestra de buen olor o exhibición de posesiones materiales por parte de un macho joven. Los varones se alimentan de cervezas y las hembras de productos bajos en calorias. Se rien en todo momento, excepto los de los anuncios contra el consumo de drogas o alcohol; eso hace suponer que la risa de los jóvenes en los demas anuncios se debe a la ingesta de tales sustancias.
- En la etapa adulta las hembras se dedican a limpiar la casa y a dar de comer a todo el mundo. Han perdido interés por el sexo aunque continuan queriendo tener una piel tersa. Los varones se pasan el día viendo futbol o conduciendo coches grandes por lugares remotos sin ninguna razón aparente. Las infraestructuras de los humanos son pésimas: hay pocas carreteras y, las que hay, tienen muchas curvas. Los coches circulan siempre en solitario, no se conocen problemas de tráfico o de aparcamiento. ¿Como es eso posible si todos los varones conducen durante horas por mera diversión? Porque muy pocos han sobrevido a la falta de yogures.
- Apenas hay ancianos. Debe ser porque esperanza de vida de los humanos no supera los 50 años.
En fin, dejando de lado al extraterr...al hombre del mito de la caverna, mi conclusión es que ólo me falta una década para abandonar el mundo de los anuncios. Es cuestión de aprovechar el tiempo que me queda conduciendo el coche y viendo el fútbol, aunque no me guste, pues la vida son cuatro días, o menos, si eres hombre y no comes yogures.
Me hizo pensar en como vería el mundo el señor del mito de la caverna si las sombras que viera siempre fuesen anuncios. Bueno, en realidad pensé "¿Qué opinaría de nosotros un extraterrestre que nos estudiara a partir de los anuncios de televisión captados desde su puesto de observación en el espacio profundo", pero luego me dije que sonaría más culto lo del mito de la caverna, mientras que hablar situaciones hipotéticas que involucran la presencia de extraterrestres queda friki.
En ambos casos, el observador obtendría las siguientes conclusiones respecto a la vida humana:
- Los bebes humanos se comunican por telepatía y su máxima preocupación es la posible presencia de humedad en el interior de los envoltorios blancos que les cubren el culo.
- Cuando los bebés crecen adoptan una forma llamada niño. Han perdido su capacidad telepática y los envoltorios blancos. Ahora viven obsesionados por comer productos ricos en grasas saturadas y su consumo es observado con satisfacción por un adulto hembra. El máximo peligro que afrontan los humanos en esta etapa es ir bajos de defensas por no consumir suficientes yogures y su distracción favorita es impregnarse la ropa de toda clase de sustancias líquidas y pegajosas. Asimismo, es interesante observar que los niños suelen juegar en grupos de tres a cinco individuos de los que, como mucho, solo uno es hembra. Este exceso de individuos varones debe quedar compensado por una alta mortalidad en la adolescencia, debida posiblemente a la falta de yogures que potencien sus defensas.
- La siguiente etapa en la vida del humano es la juventud. En este periodo visten ropas extrañas y se pasan el dia dando saltos, circulando en monopatin o bailando freneticamente. Las hembras están en celo y son propensas a excitarse con facilidad ante cualquier muestra de buen olor o exhibición de posesiones materiales por parte de un macho joven. Los varones se alimentan de cervezas y las hembras de productos bajos en calorias. Se rien en todo momento, excepto los de los anuncios contra el consumo de drogas o alcohol; eso hace suponer que la risa de los jóvenes en los demas anuncios se debe a la ingesta de tales sustancias.
- En la etapa adulta las hembras se dedican a limpiar la casa y a dar de comer a todo el mundo. Han perdido interés por el sexo aunque continuan queriendo tener una piel tersa. Los varones se pasan el día viendo futbol o conduciendo coches grandes por lugares remotos sin ninguna razón aparente. Las infraestructuras de los humanos son pésimas: hay pocas carreteras y, las que hay, tienen muchas curvas. Los coches circulan siempre en solitario, no se conocen problemas de tráfico o de aparcamiento. ¿Como es eso posible si todos los varones conducen durante horas por mera diversión? Porque muy pocos han sobrevido a la falta de yogures.
- Apenas hay ancianos. Debe ser porque esperanza de vida de los humanos no supera los 50 años.
En fin, dejando de lado al extraterr...al hombre del mito de la caverna, mi conclusión es que ólo me falta una década para abandonar el mundo de los anuncios. Es cuestión de aprovechar el tiempo que me queda conduciendo el coche y viendo el fútbol, aunque no me guste, pues la vida son cuatro días, o menos, si eres hombre y no comes yogures.
viernes, 21 de septiembre de 2007
El demonio en casa.
Se que sigues ahí, esperándome en silencio. Desde que he llegado a casa no hago otra cosa que pensar en ti, lo sabes y por eso te ríes en tu habitación de cristal.
¿Por qué tuve que hacerlo? ¿Por qué te abrí las puertas de mi casa? La respuesta es que fui débil. Te vi allí, tan despreocupada junto al resto de tus compañeras, todas iguales, alineadas como un ejército de silenciosas muñecas que susurran con la mirada veladas promesas de placer prohibido...y no pude resistirme. Me engañé a mi mismo diciendo que aquello no tenía importancia, que el pecado no existe, que todo el mundo tiene derecho a transgredir las normas de vez en cuando…¡Ay, que insensato!
Aunque me llevas a revivir mi infancia, pensé que seríamos capaces de mantener una relación sobria y tranquila como los dos adultos que se supone somos: yo nací a finales de los años 60 y tú, bueno, creo que ya estabas aquí antes de que yo naciera, pero aun así, te conservas muy bien.
Ya sé que en el momento en que la pasión desbocada entra en una relación, las cosas siempre se complican. Por eso, en cuanto te tuve en mi casa, no me pude contener, me abalancé sobre ti sabiendo que ya eras mía, solo mía, y tu te dejaste hacer, complacida. Sabías que, en realidad, eras tú quien me poseía a mi.
Desde entonces no se cuantas veces me habré dicho “¡Ya basta! ¡Es suficiente!”, pero ha sido inútil, siempre he vuelto a por más. Y eso no puede ser bueno. ¿Cuántas veces lo hemos hecho hoy? ¿Cuatro? ¿Cinco? He perdido la cuenta.
Tengo que olvidarte, superar lo nuestro, pero me resulta imposible. Ahora mismo no puedo dejar de pensar en ti, en el dulce tacto de tu piel sobre mi boca y me cuesta concentrarme en lo que estoy escribiendo. Te vuelvo a necesitar, y tu puedes reirte, segura de tu triunfo.
Dentro de unos segundos me levantaré de esta silla, cruzaré el pasillo hasta la cocina y cogeré un cuchillo para ir a buscarte. Te agarraré con fuerza, te dejaré caer sobre la mesa y ya sabes lo que vendrá a continuación: te quitaré la tapa, meteré el cuchillo en tu vaso y luego te extenderé con generosidad sobre una rebanada de pan bimbo. “Maldita Nocilla”, pensaré, "pero demonios, que rica estás."
¿Por qué tuve que hacerlo? ¿Por qué te abrí las puertas de mi casa? La respuesta es que fui débil. Te vi allí, tan despreocupada junto al resto de tus compañeras, todas iguales, alineadas como un ejército de silenciosas muñecas que susurran con la mirada veladas promesas de placer prohibido...y no pude resistirme. Me engañé a mi mismo diciendo que aquello no tenía importancia, que el pecado no existe, que todo el mundo tiene derecho a transgredir las normas de vez en cuando…¡Ay, que insensato!
Aunque me llevas a revivir mi infancia, pensé que seríamos capaces de mantener una relación sobria y tranquila como los dos adultos que se supone somos: yo nací a finales de los años 60 y tú, bueno, creo que ya estabas aquí antes de que yo naciera, pero aun así, te conservas muy bien.
Ya sé que en el momento en que la pasión desbocada entra en una relación, las cosas siempre se complican. Por eso, en cuanto te tuve en mi casa, no me pude contener, me abalancé sobre ti sabiendo que ya eras mía, solo mía, y tu te dejaste hacer, complacida. Sabías que, en realidad, eras tú quien me poseía a mi.
Desde entonces no se cuantas veces me habré dicho “¡Ya basta! ¡Es suficiente!”, pero ha sido inútil, siempre he vuelto a por más. Y eso no puede ser bueno. ¿Cuántas veces lo hemos hecho hoy? ¿Cuatro? ¿Cinco? He perdido la cuenta.
Tengo que olvidarte, superar lo nuestro, pero me resulta imposible. Ahora mismo no puedo dejar de pensar en ti, en el dulce tacto de tu piel sobre mi boca y me cuesta concentrarme en lo que estoy escribiendo. Te vuelvo a necesitar, y tu puedes reirte, segura de tu triunfo.
Dentro de unos segundos me levantaré de esta silla, cruzaré el pasillo hasta la cocina y cogeré un cuchillo para ir a buscarte. Te agarraré con fuerza, te dejaré caer sobre la mesa y ya sabes lo que vendrá a continuación: te quitaré la tapa, meteré el cuchillo en tu vaso y luego te extenderé con generosidad sobre una rebanada de pan bimbo. “Maldita Nocilla”, pensaré, "pero demonios, que rica estás."
viernes, 31 de agosto de 2007
Via láctea y cristalina.
Me he propuesto retomar el blog y espero ser mas constante que la primera vez. Cuando no tenga nada mejor que decir, me limitaré a poner alguna tontería (bueno, más tontería de lo normal). Y hoy, para empezar, escribiré unas meditaciones sobre profundos conceptos.
¿Que conceptos? Pues por ejemplo, que lo que separa un intervalo de tiempo tomando un vaso de ColaCao fresquito en el sofá de un intervalo de tiempo barriendo cristales, fregando el suelo y pasando el paño por la mesa es un breve instante de patosidad, y también que eso mismo es lo que separa a la leche con cacao de ser una placentera bebida a un líquido asqueroso que lo pringa todo.
Pero ese tiempo que no he desaprovechado en el sofá, entregado a la molicie y a la ingesta de de lacteos, ha sido empleado en la superación de interesantes retos. Por ejemplo: ¿Que hacer cuando las chanclas se llenan de vidrios y no puedes sacar el pie de ellas porque el suelo está igualmente lleno de vidrios? ¿La leche con cristal va al cubo de lo orgánico, al del cristal o al de la guarrería en general? Y el misterio más intrigante: ¿Si acabo de barrer, como es posible que siga habiendo cristales?
Cómo se puede ver, un hecho aparentemente fastidioso como la rotura de un vaso, se puede convertir en una fuente de conocimientos y de ensanchamiento personal (claro, que si me hubiera tomado la leche con ColaCao también habría contribuido a mi ensanchamiento personal, sobre todo si la hubiera acompañado con galletas).
¡Si hasta he mejorado mi vocabulario! He soltado unos tacos que ni yo mismo sabía que conocía.
¿Que conceptos? Pues por ejemplo, que lo que separa un intervalo de tiempo tomando un vaso de ColaCao fresquito en el sofá de un intervalo de tiempo barriendo cristales, fregando el suelo y pasando el paño por la mesa es un breve instante de patosidad, y también que eso mismo es lo que separa a la leche con cacao de ser una placentera bebida a un líquido asqueroso que lo pringa todo.
Pero ese tiempo que no he desaprovechado en el sofá, entregado a la molicie y a la ingesta de de lacteos, ha sido empleado en la superación de interesantes retos. Por ejemplo: ¿Que hacer cuando las chanclas se llenan de vidrios y no puedes sacar el pie de ellas porque el suelo está igualmente lleno de vidrios? ¿La leche con cristal va al cubo de lo orgánico, al del cristal o al de la guarrería en general? Y el misterio más intrigante: ¿Si acabo de barrer, como es posible que siga habiendo cristales?
Cómo se puede ver, un hecho aparentemente fastidioso como la rotura de un vaso, se puede convertir en una fuente de conocimientos y de ensanchamiento personal (claro, que si me hubiera tomado la leche con ColaCao también habría contribuido a mi ensanchamiento personal, sobre todo si la hubiera acompañado con galletas).
¡Si hasta he mejorado mi vocabulario! He soltado unos tacos que ni yo mismo sabía que conocía.
martes, 20 de febrero de 2007
El exprimidor
El lugar en el que paso más tiempo durante el día no es la cama, pues no cumplo con las recomendables ocho horas de sueño (o digamos mejor ocho horas de dormir, que de sueño ya lo son el resto), no, donde consumo más tiempo es sobre la silla de mi trabajo, un chirimbolo regulable que a lo largo de los años me ha sostenido más que mis propias piernas.
Sus cinco ruedas reposan sobre una moqueta que parece grís, pero que es negra y blanca a modo de las interferencias de una tele. Estas ruedas están sujetas a una plataforma de plástico en forma de estrella sobre la que crece un tallo negro con un dispositivo que le permite encoger o crecer si se activa una palanca. De ese tronco nace una única hoja forrada de paño verde y dos apoyabrazos en color negro. Ese es el objeto, de todos las que existen en el universo, que mantiene una más estrecha relación conmigo.
Y no me puedo quejar, al fin y al cabo es una de las codiciadas sillas verdes de nueva generación, no como la de mi compañero de la izquierda, que es de las rojas y no funciona, pues a la primera de cambio hace POING y dispara el respaldo hacia delante con la intención de incrustar la cabeza de su dueño contra la pantalla del ordenador. Y no son las peores, porque luego están las sillas azules, que te destrozan la espalda y no tienen apoyabrazos.
Volviendo al tema, el segundo objeto que más protagonismo tiene en mi vida es el rectángulo blanco en el que ahora estoy escribiendo. Bueno, ahora mismo es blanco, pero si cierro el Word será azul marino tachonado de iconitos. Dicho objeto acapara mi campo visual, mis pensamientos y mi capacidad de atención durante ma mayor parte del día.
Se trata de la pantalla, que no es sino una parte de lo que llamamos ordenador, el cual tambien mantiene presas mis manos sobre el teclado y el ratón. Y así me domina. Cuando él dice que es la hora, puedo marcharme, antes no. Si hace beep debo preocuparme, si habla le escucho y si piensa le espero. Me susurra canciones MP3 al oido, decide qué mensajes puedo leer y a qué páginas de internet puedo puedo conectarme. Sí, no trabajo con él, le pertenezco.
El tercer objeto más cercano a mi es la mesa de la oficina. En ella descansa el ordenador, serpentean los cables, se amontonan los papeles y aguarda el teléfono al acecho de nuevas incidencias para mi.
Y con eso se completa el engranaje al que pertenezco, la entidad que genera valor añadido, tecnología de información, “project developement” o como sea que le quiera llamar al dinero en que se transforma el zumo de mi vida.
Sus cinco ruedas reposan sobre una moqueta que parece grís, pero que es negra y blanca a modo de las interferencias de una tele. Estas ruedas están sujetas a una plataforma de plástico en forma de estrella sobre la que crece un tallo negro con un dispositivo que le permite encoger o crecer si se activa una palanca. De ese tronco nace una única hoja forrada de paño verde y dos apoyabrazos en color negro. Ese es el objeto, de todos las que existen en el universo, que mantiene una más estrecha relación conmigo.
Y no me puedo quejar, al fin y al cabo es una de las codiciadas sillas verdes de nueva generación, no como la de mi compañero de la izquierda, que es de las rojas y no funciona, pues a la primera de cambio hace POING y dispara el respaldo hacia delante con la intención de incrustar la cabeza de su dueño contra la pantalla del ordenador. Y no son las peores, porque luego están las sillas azules, que te destrozan la espalda y no tienen apoyabrazos.
Volviendo al tema, el segundo objeto que más protagonismo tiene en mi vida es el rectángulo blanco en el que ahora estoy escribiendo. Bueno, ahora mismo es blanco, pero si cierro el Word será azul marino tachonado de iconitos. Dicho objeto acapara mi campo visual, mis pensamientos y mi capacidad de atención durante ma mayor parte del día.
Se trata de la pantalla, que no es sino una parte de lo que llamamos ordenador, el cual tambien mantiene presas mis manos sobre el teclado y el ratón. Y así me domina. Cuando él dice que es la hora, puedo marcharme, antes no. Si hace beep debo preocuparme, si habla le escucho y si piensa le espero. Me susurra canciones MP3 al oido, decide qué mensajes puedo leer y a qué páginas de internet puedo puedo conectarme. Sí, no trabajo con él, le pertenezco.
El tercer objeto más cercano a mi es la mesa de la oficina. En ella descansa el ordenador, serpentean los cables, se amontonan los papeles y aguarda el teléfono al acecho de nuevas incidencias para mi.
Y con eso se completa el engranaje al que pertenezco, la entidad que genera valor añadido, tecnología de información, “project developement” o como sea que le quiera llamar al dinero en que se transforma el zumo de mi vida.
martes, 13 de febrero de 2007
El fisio, parte II
Al llegar en la consulta del fisio le saludo y me quito la ropa. Al terminar, me visto y le pago. Sólo se me ocurre otro oficio en el que se sigua esa pauta, con la diferencia de que me quedo en ropa interior y no desnudo del todo.
La sesión tiene sus momentos buenos y malos. Uno de los buenos es cuando me da el masaje en la espalda. Uno de los malos es cuando me cruje las cervicales girándome la cabeza con brusquedad, una cabeza que en ese momento se halla repleta de imágenes de películas en las que el Van Damme liquida a los centinelas con un movimiento muy parecido. Otro de los malos llega cuando me retuerce las muñecas para estirar los músculos del brazo, lo cual es muy doloroso y le dan a uno ganas de gritar “Sí, lo confieso, fui yo. Pare, y le diré donde está enterrado el dinero.” Es una suerte que no se le haya ocurrido preguntar en ese momento si no quiero apuntarme a su curso de yoga.
Pocas veces sucede algo en una de las visitas que no haya ocurrido en una visita anterior, pero la semana pasada se dio el caso. Yo permanecía tumbado boca abajo en la camilla y el me retorcía una pierna para estirar los musculos. De pronto, soltó mi extremidad y dijo “Voy a apagar la luz”. Su comentario me dejó intranquilo, como es natural. “¿No se supone que necesita luz para llevar a cabo su trabajo?”. Estar tumbado en calzoncillos boca abajo no es la mejor situación para que el único tío que está contigo diga “Voy a apagar la luz”.
Afortunadamente, me lo aclaró: “Es el día de los cinco minutos de apagón contra el cambio climático y ya es la hora.” Me tapó con una toalla para que no me enfriara y se marchó, dejandome solo y a oscuras. Le escuché caminar por el pasillo, apagando interruptores, y entró en la peluquería anexa regentada por su mujer. “Es la hora”, dijo. “Ah, Bueno”, respondió ella. “¿Qué pasa?”, preguntó otra voz que no identifiqué. “Es contra el cambio climático”, explicó él, “para que hagan algo”. Desde luego, pensé yo, hoy en día hacen las paredes que parecen de papel de fumar.
Mientras ellos comentaban a qué vecinos se les veía apagar la luz y a quienes no, yo meditaba bajo mi toalla acerca de la utilidad de la medida. Cinco minutos de apagón para que “hagan algo”. ¿Quiénes? “Ellos.” ¿Y quienes son “ellos”? ¿Los gobiernos? ¡Pero si son los primeros que se han apuntado a lo del apagón de cinco minutos! Además, en realidad sólo le dan a la gente lo que piden: energía barata, libertad para despilfarrarla y puestos de trabajo a cualquier precio. ¿Les votarían si multiplicaran por cuatro el recibo de la luz? ¿O si decretaran un tope de kilowatios a consumir por persona?.
Y es que la solución no está en “ellos”, sino en nosotros, el pueblo. Cada ciudadano debería estar dispuesto a sacrificar su propia comodidad por bien del planeta. Pero no lo estamos.
Consumidos los cinco minutos, le escuché hacer el camino de vuelta, encendiendo de nuevo las luces a su paso. Tanto la clinica como la peluquería volvieron a lucir por los cuatro cosados, la radio a sonar, la calefacción a calentar. Supongo que una hora mas tarde se irían a su casa en su coche y que en verano pondrán el aire acondicionado a tope. Pero eso sí, si se calienta el planeta no será por culpa suya, que han cumplido con su parte de mantener cinco minutos el apagón, será porque “ellos” no han hecho “algo”.
Entró el hippy-empresario en la habitación y encendió la luz de la sala. “Ya han pasado los cinco minutos, podemos continuar”. Me quitó la toalla de la espalda, me agarró la muñeca y empezó a retorcerla. “Esta bien”, pensé, “Prometo mantener los cinco minutos de apagón la próxima ves, pero para, por favor.”
La sesión tiene sus momentos buenos y malos. Uno de los buenos es cuando me da el masaje en la espalda. Uno de los malos es cuando me cruje las cervicales girándome la cabeza con brusquedad, una cabeza que en ese momento se halla repleta de imágenes de películas en las que el Van Damme liquida a los centinelas con un movimiento muy parecido. Otro de los malos llega cuando me retuerce las muñecas para estirar los músculos del brazo, lo cual es muy doloroso y le dan a uno ganas de gritar “Sí, lo confieso, fui yo. Pare, y le diré donde está enterrado el dinero.” Es una suerte que no se le haya ocurrido preguntar en ese momento si no quiero apuntarme a su curso de yoga.
Pocas veces sucede algo en una de las visitas que no haya ocurrido en una visita anterior, pero la semana pasada se dio el caso. Yo permanecía tumbado boca abajo en la camilla y el me retorcía una pierna para estirar los musculos. De pronto, soltó mi extremidad y dijo “Voy a apagar la luz”. Su comentario me dejó intranquilo, como es natural. “¿No se supone que necesita luz para llevar a cabo su trabajo?”. Estar tumbado en calzoncillos boca abajo no es la mejor situación para que el único tío que está contigo diga “Voy a apagar la luz”.
Afortunadamente, me lo aclaró: “Es el día de los cinco minutos de apagón contra el cambio climático y ya es la hora.” Me tapó con una toalla para que no me enfriara y se marchó, dejandome solo y a oscuras. Le escuché caminar por el pasillo, apagando interruptores, y entró en la peluquería anexa regentada por su mujer. “Es la hora”, dijo. “Ah, Bueno”, respondió ella. “¿Qué pasa?”, preguntó otra voz que no identifiqué. “Es contra el cambio climático”, explicó él, “para que hagan algo”. Desde luego, pensé yo, hoy en día hacen las paredes que parecen de papel de fumar.
Mientras ellos comentaban a qué vecinos se les veía apagar la luz y a quienes no, yo meditaba bajo mi toalla acerca de la utilidad de la medida. Cinco minutos de apagón para que “hagan algo”. ¿Quiénes? “Ellos.” ¿Y quienes son “ellos”? ¿Los gobiernos? ¡Pero si son los primeros que se han apuntado a lo del apagón de cinco minutos! Además, en realidad sólo le dan a la gente lo que piden: energía barata, libertad para despilfarrarla y puestos de trabajo a cualquier precio. ¿Les votarían si multiplicaran por cuatro el recibo de la luz? ¿O si decretaran un tope de kilowatios a consumir por persona?.
Y es que la solución no está en “ellos”, sino en nosotros, el pueblo. Cada ciudadano debería estar dispuesto a sacrificar su propia comodidad por bien del planeta. Pero no lo estamos.
Consumidos los cinco minutos, le escuché hacer el camino de vuelta, encendiendo de nuevo las luces a su paso. Tanto la clinica como la peluquería volvieron a lucir por los cuatro cosados, la radio a sonar, la calefacción a calentar. Supongo que una hora mas tarde se irían a su casa en su coche y que en verano pondrán el aire acondicionado a tope. Pero eso sí, si se calienta el planeta no será por culpa suya, que han cumplido con su parte de mantener cinco minutos el apagón, será porque “ellos” no han hecho “algo”.
Entró el hippy-empresario en la habitación y encendió la luz de la sala. “Ya han pasado los cinco minutos, podemos continuar”. Me quitó la toalla de la espalda, me agarró la muñeca y empezó a retorcerla. “Esta bien”, pensé, “Prometo mantener los cinco minutos de apagón la próxima ves, pero para, por favor.”
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